sábado, 28 de marzo de 2015

Cuba. Así crecieron nuestros hijos

2009 UNICEF confirma que Cuba tiene 0% de Desnutrición Infantil
Las crudas realidades del mundo muestran que 852 millones de personas padecen de hambre y que 53 millones de ellas viven en América Latina. De acuerdo con el documento, los porcentajes de los niños con bajo peso son de 28 por ciento en África Subsahariana, 17 en Medio Oriente y África del Norte, 15 en Asia oriental y el Pacífico, y siete en Latinoamérica y el Caribe. La tabla la completan Europa Central y del Este, con el cinco por ciento, y otros países en desarrollo, con 27 por ciento.

2009 FAO. La Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura también ha reconocido que ésta es la nación con más avances en América Latina en la lucha contra la desnutrición.

2015. Según el Banco Mundial Cuba es el país del mundo que invierte más en educación

Un informe del Banco Mundial clasifica a Cuba en el primer puesto en cuanto a la inversión en el sistema educativo para el periodo 2009-2013. Con cerca del 13% (12,9%) del PIB invertido en este sector, ningún otro país del mundo, incluidos los más desarrollados, iguala a la Isla del Caribe.


Mientras tanto, en Chile, periodistas de “izquierda” que no leen, como el señor  Patricio Fernández  - “The Clinic” Nº 586 - se permiten reportear una Cuba donde los que formaron parte de la generación que luchó, “hoy se vuelven abuelos…  soldados de una causa que no triunfó. Peor aún: ellos vieron como sus sueños se degradaron”, con el desparpajo y la irrespetuosidad de quienes se creen dueños de la verdad, criticando a los que piensan diferente. 

La diferencia la marca la realidad,  que los abuelos cubanos triunfaron en su anhelo de tener esos nietos, que hicieron realidad sus mejores sueños, que Cuba ha demostrado ser dueña de su verdad, mientras que sus críticos inventan la suya para ganarse unos pesos escribiendo diatribas que sólo convencen a los que tienen menos de dos dedos de frente.







sábado, 21 de marzo de 2015

8.000 kilómetros II

Llegados a Punta Arenas, alojamos en un hotel militar, y algunos de los usuarios me saludan, no juntando los talones, pero casi..., mis canas les habrán hecho pensar que soy un general en retiro, creo yo. Por la noche vamos a cenar en un restorán picada, y de verdad que se merece el renombre, mando fotos por guasap de tortellinis de centolla y cordero a la Patagonia a mis amigos que disfrutan el smog de Santiago.

La lluvia, además, que estaba esperando que entráramos para dejarse caer, cesa cuando estamos pagando la cuenta, lo que no nos llama la atención, porque la ropa de abrigo fue de paseo y porque la segunda vez que llovió, esperó que estuviéramos en la cama. El sol, casi inclemente a esas alturas, nos espera en la mañana siguiente.

Vamos a Puerto Natales a visitar a una amiga de Mónica, llamadas telefónicas mediante, llegamos al domicilio, y no sale nadie a la puerta. Pero no estás hablando con ella?, pregunto... Eeeesss que mi amiga no está en la casa...  Ahhhh... (mujeres - pienso - sin intentar entender) Me quedo en el auto mientras ellos siguen insistiendo. Recibo un correo en el celular, de una etno-antropóloga que quiere hablar conmigo respecto de don Carlos Lincomán, lonco huilliche de Chiloé  cuya comunidad construyó una lancha, la "María Luisa" que se entregó a don Carlos Renchi Sotomayor, lonco qawàsqar de Puerto Edén, en proyectos de ayuda que dirigí hace más de veinte años atrás, en la región de los canales.

Me dispongo a contestarle cuando Eduardo me pide que me baje para presentarme a un amigo (de ellos). Lo hago y me encuentro, a boca de jarro, con don Carlos Renchi, que también me mira sorprendido. Empiezo a creer en los universos paralelos, en el jardín de los senderos de Borges, que se bifurcan, en los agujeros negros, en ... en cualquier cosa que me explique lo que pasa, pero la sonrisa cómplice de Mónica y Eduardo me lo explica, y luego vengo a saber que ese era el verdadero motivo del viaje, el encuentro con una persona tan distinta en su cultura, pero tan entrañable como ser humano como don Carlos, una impresión personal que debí transmitir, sin darme cuenta,  al hablar de  él con ellos.

Eduardo le pregunta si me reconoce. El toctor Hernán, dice, mientras asiente con la cabeza. Con quien hablaba por teléfono Mónica era  María Luisa, que vive en Punta Arenas, a cuya casa volvemos llevándole a su padre. María Luisa, que tenía unos doce años en la fecha de los proyectos, es ahora una mujer adulta, con tres hijos, que también se emociona con el reencuentro.

Siete meses demoraron Mónica y Eduardo en localizar a María Luisa y a don Carlos, una demostración de afecto que se agradece, de profundis.







Segunda serendipia, de verdad, porque la primera estaba fabricada: la etno antropóloga con la que me reúno luego en Santiago, vive en mi mismo edificio, en el piso de abajo. Causas y azares, de eso está hecha la vida.







sábado, 14 de marzo de 2015

8.000 kilómetros


La invitación era irrechazable. Viajar a Punta Arenas, pero por tierra, pasando a la Argentina y asomándonos, incluso, a la costa atlántica. Unos cuantos miles de kilómetros compartidos previamente hacían aún más fácil, la aceptación, así es que, en un dos por tres, estuvimos en Osorno, como si quisiéramos pasar luego a las carreteras argentinas, tan impredecibles, tan inescrutables con su eterna RN40, omnipresente como tal  o como ex, que obliga al uso del GPS, de los mapas ruteros y de las consultas en el camino para saber si es no es, si era y dejó de ser, para elegir la mejor ruta, que no siempre lo fue, y que unas cuantas veces nos recordó el por qué de la existencia de los 4x4.

Después de bajar por la RN40, hasta Tecka, tomamos el camino largo, hacia la costa, hacia Comodoro Rivadavia, en medio de la Patagonia. No hay arboles, sólo unas maquinarias oscilantes que extraen, pacientemente, sorbo a sorbo, el petróleo que pasó de Repsol a YPF, el mismo que está pagando la deuda externa, que ha mejorado las pensiones de los viejos en cifras impensadas para nuestra economía, el mismo que entrega un sueldo de unos cincuenta mil pesos chilenos mensuales  a todo joven argentino que quiera y demuestre estar estudiando, en universidades gratuitas, por supuesto.

Los baches de la carretera que nos lleva a la costa han desaparecido, y aunque estuvieran presentes, la ausencia de peajes y la gasolina a mitad de precio compensan cualquier “evento”, chilenismo eufemístico por hoyo, que pudieran esperarnos más adelante. Cruzan nuestro camino personajes inesperados, que lo comparten con nosotros a costa de sus vidas: guanacos, ñandúes, zorrillos, armadillos, zorros… y un solo gato, probablemente salvaje en ese entorno desolado.

También unos perros salvajes, que han atacado a una oveja, que se desangra de pié, mientras los malos esperan que caiga para iniciar el festín, tan salvajes como nosotros, que esperamos lo mismo en la mesa del restorán.

El intento de caminar por un ventisquero en Perito Moreno se frustra, porque en El Calafate, donde debíamos pernoctar, no cabe un alfiler de pié, menos acostado: un festival de música nos lo impide, y volvemos a Comodoro. Seguimos por la costa hasta Caleta Olivia y luego Puerto Sebastián, donde almorzamos a la carta, y seguimos   rumbo a Rio Gallegos que nos recibe con su avenida caminera de treinta kilómetros de luminarias, y de ahí a la frontera, rarísima, porque no es de este a oeste, sino de norte a sur, el Paso Integración Austral, abierto las 24 horas del día… y nosotros haciendo hora para llegar.  

Punta Arenas nos espera con un arcoíris colosal, de lado a lado, que se despide  con su pata derecha doble… y lo que sigue es otra historia…




Díjeme yo...

Devenir niño”, “devenir niña” –como propuso Gilles Deleuze– no es volver para atrás, no es tomar la forma de niño. Es estar dispuesto para viajar a un territorio habitado anteriormente, pero abierto para encontrar las novedades y llevando el bagaje de adulto para aquella travesía.

Fácil, interesante, hasta intrigante parece ser esa aventura, pero, en realidad, ¿qué,  cuánto  y cómo  recordamos nuestra vida pasada? Hoy nos sorprende la aparente ligereza con la que hicimos algunas decisiones que marcaron nuestras vidas, porque no recordamos los argumentos, los pro y los contra, que probablemente ni siquiera consideramos, y que hoy nos la harían difícil. Una rara sensación de haber sido otras personas, uno de los tantos hombres que ocupan mi cuerpo, en el decir poético de Pessoa, o mi traje, en el de Neruda, nos instala sólo en el presente, en lo que hoy somos, y no sólo en lo que aprendimos, sino también en lo que olvidamos. Pero siempre nos llena el alma pasear por este, nuestro jardín privado, nuestro jardín borgiano de senderos que se bifurcan, que aún tiene rincones desconocidos, cruces de caminos en los que nos podemos encontrar con  nosotros mismos, más viejos o más niños, para entendernos, o tratar de entendernos, o por lo menos, para conversar.