El
pasado, ese espacio que despacio y en silencio, se abandona y se deja morir en
el olvido. El futuro, ese muro que empujamos día a día. La puta vida un margen, un filo, un espacio virtual, un pliegue a desplegar o
mejor, desvirginar. Un pie adelante, el
de invadir, el otro atrás, el de empujar, una mano adelante, penetrar, y la de atrás, la de impedir ser invadido. Vano intento, el pasado soy yo mismo y me empuja hacia el futuro, ese muro pocas
veces transparente, otras veces de
colores que varían expresando mis deseos, casi siempre piedra bruta, sordomuda, insensible a mi vivencia, que me deja sin saber los minutos que me quedan por
vivir. Y así decido por fin, perder el tiempo contigo, mi
futura, mi presente, mi regalo, al
alcance de mis manos.
miércoles, 14 de mayo de 2014
viernes, 9 de mayo de 2014
Las cosas cercanas
Salgo corriendo del departamento. Tengo quince minutos para llegar a Tribunales. Me pongo la chaqueta sobrecorriendo y dejo encendidas las luces, la radio y el computador, mis acompañantes de estos días.Cuando vuelvo, las luces me esperan encendidas, el computador, cansado de esperarme, se ha dormido y debo despertarlo para seguir trabajando, y la radio... en silencio, vuelve a sonar... como saludándome. Todo en orden, la vida continúa.
jueves, 1 de mayo de 2014
Moto GP y otras hierbas
Me invitaron a viajar a Río Hondo, al norte de Argentina, a la competición anual de velocidad en moto, el Moto GP, o Grand Prix. Soy un aficionado a las motos desde siempre, desde la Vespa que compartíamos con mi hermano mayor para ir a la Universidad y a la costa, luego la Parilla que me prestaba un compañero de Universidad para ir a trabajar a las poblaciones del sur de Santiago, escapando de las clases de Medicina Legal que, con el tiempo, sería mi especialidad. Luego, una Suzuki RG250 y otra GSR400R, que aún tengo en mi poder. Felizmente, mis amigos, el Edu y la Moni, un matrimonio (aún hay gente que se casa) con una hija de siete años, la Espe, habían comprado los tickets antes de invitarme, y no fue posible comprar uno más. Digo felizmente, porque así como me encantan las motos, detesto las competiciones, de cualquier tipo. Será por mi condición de comunista recalcitrante, un apelativo que el Vaticano enrrostró a uno de mis autores predilectos, Saramago, en ocasión de su Premio Nobel de Literatura y que, con la distancia y el enorme respeto que todo eso me merece, lo asumo como propio. Por eso me emociona Benedetti cuando queda cautivado por la carita de tristeza de la candidata de belleza que perdió la competencia y disfruta sus pequeñísimas imperfecciones que la hacen más humana, más cercana.
Así fue que, después de unos milquinientos kilómetros de carretera y de una noche en vela del conductor, de duermevela del copiloto, y del sueño profundo y reparador de las pasajeras del asiento de atrás, llegamos a Río Hondo. Es esta la experiencia que quiero relatar.
Río Hondo, o las Termas de Rio Hondo es un poblado muy particular, es como una ciudad en pequeño, cruzada por una carretera, la RN 9 y también, como se puede sospechar, por un río, hondo, a causa de la represa que no alcancé a conocer, por una razón que se explica "al tiro". Lo primero que llama la atención es la inexistencia de locomoción colectiva, y por ello, te puedes movilizar a pié, en bici, en moto, en auto y en taxi, y mi único medio disponible era el peatonal, porque con el apuro del viaje, llevé pesos chilenos, que no reciben en Rio Hondo, porque no hay casas de cambio, y la mesada que me dió el Edu estaba destinada a una mozarella y una quilmes, en uno de los innumerables locales, boliches y parrillas que denuncian una intensa vida social, mientras ellos sufrían tortícolis viendo pasar, una y otra vez, a Valentino Rossi a trescientos kilómetros por hora. Ví un solo semáforo, apagado, así es que en todas las esquinas del Microcentro, la confluencia de peatones, autos, motos y bicis aparecía, inicialmente algo caótico, y sin embargo todo el mundo se entrecruzaba fluidamente y sin conflictos, sin los pitidos y cuentas regresivas de nuestros modernos semáforos, sin las carreritas y las verónicas de los peatones, sin los acelerones, bocinazos y los "apúrate pus... ctm", tan habituales de nuestra tan inculta idiosincrasia.
Después de mirar un rato, intrigado por esta coordinación, descubrí, en medio de los cruces, una palabra: "respeto", con sus innumerables sinónimos: consideración, empatía, cultura cívica, ejercicio del derecho propio y respeto del ajeno (una ecuación imposible para nuestra cultura de la prepotencia), traducido todo ésto en la más simple, banal y lógica de las conductas: pasa quien empieza a pasar primero, y nadie le disputa ese derecho. Hecha la conclusión, me animé, con cierto recelo santiaguino, a cruzar la calzada al mismo paso que traía en la vereda, respetando sí, al vehículo que ya estaba en el cruce. Nadie aludió a mis canas ni me recordó a mi familia como me sucede tan a menudo cuando, porfiadamente, cruzo con amarilla en las peatonales del centro de Santiago.
Terminé pensando que tal vez por eso nosotros no tenemos competencias internacionales, porque nuestras calles son autódromos. Bien por aquellos que llevan la competencia a lugares cerrados, de asistencia voluntaria.
Lo segundo que llama la atención en esta miniciudad casi de cuento, es la enorme cantidad de motos, que se manejan como bicis, sin casco, relajadamente, manejando con una mano y con la otra fumando, hablando por celular o cargando cajas, bidones, canastos, y con familias enteras en una sola moto, desde tres hasta cinco integrantes... y en una bicimoto. Sorprendente también, dado el uso de las dos ruedas, es que no se vean sidecars,. y alguna razón debe haber, tal vez porque ocupan casi el mismo espacio de un auto, lo que dificulta su desplazamiento, creo yo... Impagable, además, es el espectáculo de una argentina escultural o de una gorda que haría empalidecer a Botero, transitando en moto sin llamar la atención de nadie, sin chiflidos ni piropos de la constru, ni cuchufletas discriminadoras. Notable, realmente notable.
Más me queda por contar, esto por ahora.
Así fue que, después de unos milquinientos kilómetros de carretera y de una noche en vela del conductor, de duermevela del copiloto, y del sueño profundo y reparador de las pasajeras del asiento de atrás, llegamos a Río Hondo. Es esta la experiencia que quiero relatar.
Río Hondo, o las Termas de Rio Hondo es un poblado muy particular, es como una ciudad en pequeño, cruzada por una carretera, la RN 9 y también, como se puede sospechar, por un río, hondo, a causa de la represa que no alcancé a conocer, por una razón que se explica "al tiro". Lo primero que llama la atención es la inexistencia de locomoción colectiva, y por ello, te puedes movilizar a pié, en bici, en moto, en auto y en taxi, y mi único medio disponible era el peatonal, porque con el apuro del viaje, llevé pesos chilenos, que no reciben en Rio Hondo, porque no hay casas de cambio, y la mesada que me dió el Edu estaba destinada a una mozarella y una quilmes, en uno de los innumerables locales, boliches y parrillas que denuncian una intensa vida social, mientras ellos sufrían tortícolis viendo pasar, una y otra vez, a Valentino Rossi a trescientos kilómetros por hora. Ví un solo semáforo, apagado, así es que en todas las esquinas del Microcentro, la confluencia de peatones, autos, motos y bicis aparecía, inicialmente algo caótico, y sin embargo todo el mundo se entrecruzaba fluidamente y sin conflictos, sin los pitidos y cuentas regresivas de nuestros modernos semáforos, sin las carreritas y las verónicas de los peatones, sin los acelerones, bocinazos y los "apúrate pus... ctm", tan habituales de nuestra tan inculta idiosincrasia.
Después de mirar un rato, intrigado por esta coordinación, descubrí, en medio de los cruces, una palabra: "respeto", con sus innumerables sinónimos: consideración, empatía, cultura cívica, ejercicio del derecho propio y respeto del ajeno (una ecuación imposible para nuestra cultura de la prepotencia), traducido todo ésto en la más simple, banal y lógica de las conductas: pasa quien empieza a pasar primero, y nadie le disputa ese derecho. Hecha la conclusión, me animé, con cierto recelo santiaguino, a cruzar la calzada al mismo paso que traía en la vereda, respetando sí, al vehículo que ya estaba en el cruce. Nadie aludió a mis canas ni me recordó a mi familia como me sucede tan a menudo cuando, porfiadamente, cruzo con amarilla en las peatonales del centro de Santiago.
Terminé pensando que tal vez por eso nosotros no tenemos competencias internacionales, porque nuestras calles son autódromos. Bien por aquellos que llevan la competencia a lugares cerrados, de asistencia voluntaria.
Lo segundo que llama la atención en esta miniciudad casi de cuento, es la enorme cantidad de motos, que se manejan como bicis, sin casco, relajadamente, manejando con una mano y con la otra fumando, hablando por celular o cargando cajas, bidones, canastos, y con familias enteras en una sola moto, desde tres hasta cinco integrantes... y en una bicimoto. Sorprendente también, dado el uso de las dos ruedas, es que no se vean sidecars,. y alguna razón debe haber, tal vez porque ocupan casi el mismo espacio de un auto, lo que dificulta su desplazamiento, creo yo... Impagable, además, es el espectáculo de una argentina escultural o de una gorda que haría empalidecer a Botero, transitando en moto sin llamar la atención de nadie, sin chiflidos ni piropos de la constru, ni cuchufletas discriminadoras. Notable, realmente notable.
Más me queda por contar, esto por ahora.
martes, 22 de abril de 2014
Tántalo y Sísifo
Releo, con cierta dificultad, La montaña mágica, de Thomas Mann, intrigado por redescubrir el impacto que tuve en la adolescencia con su lectura. Sus personajes, ahora, me resultan extraños. Settembrini me impresiona lleno de lugares comunes, Hans demasiado infantil y los demás personajes bordeando la caricatura. Insisto, sin embargo, en la lectura de algunas páginas antes de dormir, esperando que el reencantamiento aparezca después de la página 288, pero algo rechina. Mann pone en boca de uno de sus personajes el mito de Sísifo, pero lo atribuye a Tántalo. Dejo pasar el pasaje con una duda sobrepasada por el peso intelectual de Mann pero que finalmente me hace revisar el tema, y efectivamente, las rocas son diferentes, la de Tántalo es una lápida que lo mantiene atrapado en su encierro, la de Sísifo es la que es empujada eternamente cuesta arriba, tal como la describe Mann. Extrañamente, data de fecha contemporánea mi interés por Camus, y el Mito de Sísifo fue uno de sus escritos que releí una y otra vez, interpretándolo como una alegoría de la vida con conciencia de estarla viviendo, con las inseguridades de la juventud y tal vez con el consuelo de saber que la sensación de futilidad también había preocupado a los griegos. Una sensación de futilidad que vuelve, con demasiada frecuencia, con los baches del camino.
Mann no debió equivocarse en algo tan esencial.
O tal vez deba aplicarme. el consejo que más de alguna vez repetí a mis hijos: "Nunca hay que volver a los lugares donde se fue feliz"
Mann no debió equivocarse en algo tan esencial.
O tal vez deba aplicarme. el consejo que más de alguna vez repetí a mis hijos: "Nunca hay que volver a los lugares donde se fue feliz"
lunes, 21 de abril de 2014
El verdadero origen de la violencia
En diciembre de 1997, la antropóloga y comunicadora mexicana
Rossana Reguillo escribió en la revista latinoamericana Chasqui acerca de la multidimensionalidad de las violencias que han estallado en este
último tramo hacia el tercer milenio.
Tres cuestiones se ponen en juego en el texto de Reguillo.
En primer lugar, la “multidimensionalidad” de la violencia. No hay una sola
causa, ni un solo tipo de victimarios. No hay una sola violencia. Hay
violencias, en plural. Todas ellas son el resultado de las complejas
consecuencias de la sociedad capitalista en la que vivimos. La misma que genera
enormes conglomerados urbanos, facilita las condiciones para el narcotráfico,
genera exclusión y, sobre todo, profundiza la brecha de la desigualdad social entre
quienes mucho tienen y quienes carecen de casi todo. Hay múltiples violencias.
Las que ejercen aquellos que rapiñan en la calle, pero también –y más
gravemente– la de quienes estafan, mantienen trabajadores “en negro”,
especulan, no pagan impuestos o participan, directa o indirectamente, de actos
de corrupción. Hablar de la “inseguridad” como una única realidad para cobijar
bajo un mismo título hechos muy diversos, al tiempo que se estigmatiza a
algunos y se encubre a otros es, por lo menos, una falta de honestidad. Desde
el periodismo, un atentado a la ética.
Aunque a algún lector le pueda sonar a discurso antiguo o
pasado de moda, no hay que perder de vista que la sociedad capitalista se ha
encargado de fomentar el individualismo por encima de la cooperación, el
egoísmo por sobre la solidaridad. La crisis de las instituciones políticas es
también el resultado del deterioro de las relaciones humanas, de pensar la
política únicamente como intereses propios, mientras se desatienden las
necesidades del otro. La política es genuina sólo cuando es el arte de
conciliar intereses (de todos y todas) con necesidades (también de todos y
todas) y con el objetivo de la dignidad apoyada en derechos. Sin dejar de mirar
los efectos, los síntomas, hay que tener puestos los cinco sentidos en las
causas profundas. Lo otro es hacerle el juego a quienes buscan sembrar
inseguridad para acrecentar los propios réditos, sin importar las
consecuencias.
Extracto de http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-244567-2014-04-21.html
El presidente de Ecuador, Rafael Correa, al agradecer el título honoris causa que le otorgó la Universidad de Barcelona, advirtió:
“Veo con preocupación y pena que aquí se están cometiendo los mismos errores que llevaron a mi país a la crisis. La solución es un problema político, de quién manda, si las elites o las mayorías. Vencer la pobreza es el imperativo moral de la humanidad, porque por primera vez no es fruto de la escasez de recursos, sino de sistemas excluyentes.”
Notable.
El presidente de Ecuador, Rafael Correa, al agradecer el título honoris causa que le otorgó la Universidad de Barcelona, advirtió:
“Veo con preocupación y pena que aquí se están cometiendo los mismos errores que llevaron a mi país a la crisis. La solución es un problema político, de quién manda, si las elites o las mayorías. Vencer la pobreza es el imperativo moral de la humanidad, porque por primera vez no es fruto de la escasez de recursos, sino de sistemas excluyentes.”
Notable.
domingo, 13 de abril de 2014
Hay naufragios que no necesitan agua.
Hay restos de un naufragio que no son propios de un
barco los cuerpos quedan enteros aunque por dentro están esparcidos en trozos difíciles y extraños de
reconocer hasta para el propio dueño empapado hasta los huesos aunque vaya seco en
los naufragios las digestiones están
truncadas un dolor de vientre sólo se aguanta y se disfruta el descanso entre contracción y contracción como pausa en un bombardeo como silencio en una fábrica de embalaje se
cree en la paz porque se siente por segundos pero se sabe que nunca es para quedarse los salvavidas son relativos a cada
ocasión un torso desconocido una conversación una canción... así llegas a
la isla desierta donde vives te llevas a ti mismo y con eso ya haces más que bastante porque
no sabes ni cómo lo has conseguido y
cada día al levantarte estás un poco en guardia porque sabes que en cualquier momento vas
a volver a naufragar y aun así sigues
dándote a la mar.
Extracto del texto
original de Gloria March. http://trestristestextos.blogspot.com/
lunes, 24 de febrero de 2014
Tiempos pasados, no olvidados.
http://www.laverdadyotrasmentiras.com/medicina/la-mirada-de-los-otros/
Hay una medicina que se ejerce en los salones de los hoteles five stars, en los journals y en las academias. Es interesantísima, deslumbrante, te come la cabeza. Está llena de gente valiosa e inteligente, pero también está infectada de fanfarrones y egomaníacos. Es una medicina para médicos, endogámica, una isla paradisíaca donde el sufrimiento, el dolor o la muerte nunca salen del Power Point. Es seductora y mentirosa, huele a perfume de free shop. Es falsa como el espejo de la madrastra de Cenicienta.
Hay una medicina que se ejerce en los salones de los hoteles five stars, en los journals y en las academias. Es interesantísima, deslumbrante, te come la cabeza. Está llena de gente valiosa e inteligente, pero también está infectada de fanfarrones y egomaníacos. Es una medicina para médicos, endogámica, una isla paradisíaca donde el sufrimiento, el dolor o la muerte nunca salen del Power Point. Es seductora y mentirosa, huele a perfume de free shop. Es falsa como el espejo de la madrastra de Cenicienta.
Pero también está la gente…
La mujer que te mira con sus
enormes ojos azules y te pide aire, aire, aire… El hombre que se toma el pecho
y cierra la mano como una garra sobre el esternón, te pregunta con la
mirada si eso es la muerte. La madre que te pone sobre los brazos a su hija empapada
en sudor sacudiéndose en medio de una convulsión, te grita, sin pronunciar ni
una palabra, con la boca apretada y las manos crispadas, que tú sabes, que tú
puedes, que eres Dios y que por eso te
la entrega.
Una viejita esquelética abandonada en la cama del hospital a la que
nadie nunca vino a ver, te mira. Te pide que le tomes la mano, que la toques, porque
morir sin otra piel que roce la suya es inhumano, es indigno, miserable. Y tú
le aprietas fuerte los dedos flacos y
huesudos. Y esperas a que la muerte se
la lleve en paz.
El viejo que te pregunta si sus hijos están afuera, se queda
esperando tu respuesta con sus ojos clavados en los tuyos. Tú dudas. Y le dices
que sí, que pasaron toda la noche en vela, que están preocupados, que lo
deben querer mucho por la forma en que preguntaban por él. Que más tarde los
dejarás pasar aunque sea un ratito. Pero afuera no hay nadie, nunca
hubo nadie.
Después viene la secretaria y te
exige que completes un certificado. Te apura para que hagas las epicrisis
pendientes. Más tarde entregas la guardia y te vas a tu casa.
La calle te resulta extraña,
inhóspita. Has perdido los códigos de convivencia. No entiendes ninguna de las preocupaciones de la gente. Ni
sus tristezas ni sus alegrías. El mundo está cubierto de un velo opaco, una
atmósfera turbia de jet-lag. Abres la
puerta y tu mujer te recibe como si desde el momento en que te fuiste -36 horas
atrás- no hubiese ocurrido nada en tu vida. Hay un agujero de tiempo que nadie,
excepto tú, percibe. Te dice que tu hijo tiene fiebre, que llegó la cuota del
colegio. Te encierras en el baño y ella
te sigue hablando a través de la puerta. Te grita que pongas la ropa sucia en el canasto. Te miras al espejo, te
das lástima. Te duele la espalda.
Piensas en tu compañera de guardia. Sabes que ella te
entendería. Que no necesitarías decirle nada. Cierras los ojos y ves sus pechos flotando debajo de
la chaqueta. Despeinada, acostada en la cama de abajo, tú en la de arriba. Derrumbados, los dos. Sobre
el piso, una caja de cartón con restos de pizza fría. La
escuchas respirar. Están agotados, insomnes. Ella estira el brazo, lo sube como
buscando el cielo. Tú bajas el tuyo, se tocan. se acarician las manos, se
aprietan hasta hacerse doler.
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